El santuario protegido: La ausencia deliberada de hoteles en Cíes

El viajero moderno que planifica una visita a las aclamadas Islas Cíes, a menudo comienza su organización con una búsqueda digital: “Hoteles en las Islas Cíes”. La respuesta que encuentra es inmediata, unánime e inusual en el turismo del siglo XXI: no hay resultados. No existen hoteles, ni hostales, ni apartamentos turísticos, ni complejos de lujo en este archipiélago situado en la boca de la Ría de Vigo.
Esta ausencia no es un vacío de mercado ni una oportunidad de negocio perdida; es una decisión de conservación fundamental. Las Cíes son el corazón del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Illas Atlánticas de Galicia, un estatus que prioriza la preservación del ecosistema por encima de la explotación turística masiva. La política es clara: el ser humano es un invitado temporal en un entorno frágil, y la isla debe permanecer lo más inalterada posible.
La inexistencia de hoteles define radicalmente la experiencia del visitante. Obliga a que la gran mayoría de las personas que desembarcan en la isla lo hagan como excursionistas de un solo día. Su tiempo está delimitado por los horarios de los ferris, que conectan las islas con Vigo, Cangas o Baiona. Saben que, al caer la tarde, deben tomar el barco de regreso, dejando que la isla recupere su silencio natural, solo habitado por la fauna local y el personal del parque.
Para el viajero que anhela la experiencia de amanecer frente a la playa de Rodas o contemplar los cielos nocturnos —catalogados como Destino Starlight—, la única opción de pernocta es el camping. E incluso este alojamiento está estrictamente regulado. Es un camping de primera categoría que funciona bajo un modelo de mínimo impacto, sin parcelas para vehículos y con servicios esenciales diseñados para integrarse en el paisaje. Es la antítesis del resort.
El hecho de que no haya hoteles en las Cíes es, paradójicamente, su mayor lujo. Es la garantía de que el visitante no encontrará contaminación lumínica, ni ruido de tráfico, ni aglomeraciones nocturnas. Es una barrera deliberada contra la masificación que ha degradado otros paraísos costeros. El viajero que comprende esto, deja de buscar un hotel y empieza a valorar la oportunidad de visitar un santuario que antepone la naturaleza al ladrillo.