Mi sonrisa en proceso

Llevaba años pensándolo. No tenía los dientes terriblemente desalineados, pero sí lo suficiente como para sentirme un poco incómodo al sonreír ampliamente. Siempre lo dejaba para más adelante, una inversión de tiempo y dinero que nunca parecía encajar. Pero, finalmente, me decidí. Y curiosamente, la decisión de dar el paso y colocarme ortodoncia brackets Sanxenxo. Vivo cerca, vengo a menudo, y encontrar una clínica dental de confianza en un lugar que siento tan mío me dio el empujón definitivo.
La primera visita a la clínica elegida fue clave. El ortodoncista me explicó todo el proceso con detalle, los diferentes tipos de aparatos, las fases del tratamiento y el tiempo estimado. Decidimos que los brackets metálicos tradicionales eran la mejor opción para mi caso: efectivos y, aunque menos estéticos que otras opciones, también más asequibles. Ver las radiografías y los moldes de mi boca me hizo darme cuenta de que la cosa iba en serio, ¡mi sonrisa iba a cambiar! Salí de allí con una mezcla de nervios y emoción.
El día de la colocación llegó rápidamente. Fue una sesión un poco larga, pero no dolorosa. Sentir cómo pegaban cada pequeño cuadradito de metal a mis dientes y pasaban el arco de alambre fue… una sensación extraña. Al mirarme al espejo por primera vez con la boca llena de metal, no pude evitar sonreír, aunque fuera una sonrisa un poco torcida por la novedad. Las primeras horas y días fueron de adaptación, esa presión constante en los dientes y la dificultad para comer ciertas cosas me recordaron constantemente que había iniciado el tratamiento.
Ahora, unas semanas después, la sensación inicial ha disminuido y me estoy acostumbrando a mis nuevos compañeros metálicos. He aprendido a comer con más cuidado, a cepillarme los dientes con una paciencia de santo y a llevar la cera de ortodoncia a todas partes por si algún alambre decide portarse mal. Sé que es un camino largo, con ajustes y visitas periódicas a la clínica aquí en Sanxenxo. Pero cada vez que me miro al espejo y veo ese alambre haciendo su trabajo, o pienso en cómo quedará mi sonrisa al final, sé que el esfuerzo valdrá la pena. Es una inversión en mí mismo, en mi salud dental y en la confianza para sonreír sin complejos bajo el sol de Sanxenxo.